Ella envió un mensaje de texto por error a un MULTIMILLONARIO pidiéndole prestados $50 para leche de fórmula para bebé, y él LLEGÓ a MEDIANOCHE…
El frasco de fórmula estaba vacío.
Clara Huízar lo sacudió una vez más, como si el puro coraje pudiera hacer aparecer algo. Nada. Lo dejó sobre la barra de la cocineta de su miniestudio en Iztapalapa, donde el foco del techo llevaba tres días parpadeando porque ella no podía pagar otro. En sus brazos, Lili —ocho meses, un peso demasiado ligero para su edad— soltó un quejidito casi sin fuerzas. No era un llanto grande. Era ese sonido cansado de bebé con hambre… tan agotado que ya ni grita.
—Ya sé, mi sol… —la voz de Clara se quebró—. Ya sé. Mamá está viendo cómo le hace.
A lo lejos tronaban cohetes. 31 de diciembre. Allá afuera el mundo contaba los segundos para medianoche, brindaba, se comía las uvas, prometía gimnasio y viajes. Clara solo contaba monedas.
Abrió su cartera: 63 pesos con 40 centavos. La fórmula que Lili necesitaba —para estómago sensible— costaba casi cuatrocientos. La normal era más barata, pero la última vez le dio cólicos y vómito. Clara había hecho las cuentas cien veces; las cifras nunca cambiaban. Su celular vibró con una notificación que ni necesitaba leer: Renta vencida, 12 días. Último aviso. El casero ya no mandaba “recordatorios”; mandaba amenazas envueltas en palabras formales.
Se asomó a la ventana con Lili en brazos. Si estiraba el cuello, alcanzaba a ver la línea brillante de Reforma a lo lejos, las luces como un collar caro sobre la ciudad. Ese otro mundo donde, imaginaba, la gente abría champaña y usaba ropa que costaba más que su renta. Tres meses atrás, Clara estaba más cerca de ese mundo. No era rica, nunca lo fue, pero tenía estabilidad: trabajo real en Harmón Servicios Financieros, prestaciones, un gafete con su nombre, un escritorio. Hasta que vio los números.
Pequeñas diferencias. Transacciones que no cuadraban. Pagos a “proveedores” que no aparecían en ningún registro. Clara hizo lo que siempre había hecho: preguntar. Solo una pregunta a su jefe inmediato, con el tono más neutral del mundo.
Una semana después, Recursos Humanos. “Reestructura”. “Tu puesto se elimina”. Le quitaron la laptop antes de que pudiera guardar nada. La escoltaron como si hubiera robado. Era octubre. Ahora era 31 de diciembre, y ella trabajaba noches en un Oxxo por sueldo mínimo, sin seguro, con un supervisor que la miraba como si fuera chicle pegado al zapato.
Y aun así, los números seguían sin cuadrar en su cabeza, como una canción que no te deja dormir.
El frasco vacío seguía ahí, burlón. Clara respiró hondo. Quedaba una sola persona a quien escribirle. Una “última cuerda” que había guardado para cuando ya no hubiera suelo.
Doña Evelina Torres.
Clara la conoció dos años antes en el Refugio Puerto Esperanza, cuando estaba embarazada de siete meses y dormía en el asiento trasero de un Tsuru prestado porque su novio les vació la cuenta y desapareció. Evelina dirigía el refugio: sesenta y tantos, pelo plateado, mirada firme, corazón que cabía en todo el barrio. El día que Clara salió con Lili recién nacida, Evelina le apretó una tarjeta en la mano.