— No eres fea. Solo necesitas arreglarte mejor… y casarte conmigo —

Alma Ríos no sabía exactamente cuándo había empezado a vivir con el estómago apretado. Tal vez fue el día en que su nombre apareció en un correo masivo de la Universidad de Guadalajara: “Se inicia investigación por plagio”. O tal vez fue semanas después, cuando su llave dejó de abrir la puerta de su departamento en la Colonia Americana y el casero le habló desde el otro lado, como si ella fuera una extraña peligrosa. Lo cierto era que, a los treinta y dos años, la exprofesora de Literatura se encontraba hurgando en un bote de basura en la Plaza Tapatía, buscando restos que todavía no olieran a derrota.

El sol comenzaba a caer, y la sombra de la Catedral de Guadalajara se estiraba sobre el piso. Alma separó con cuidado un pan envuelto en servilleta. No era asco lo que le daba miedo: era que alguien la viera y la reconociera.

—No eres fea —dijo una voz masculina, demasiado cerca—. Solo necesitas arreglarte mejor… y casarte conmigo.

Alma se quedó inmóvil, la bolsa de plástico apretada contra el pecho como escudo. Levantó la mirada. El hombre era alto, con traje impecable, zapatos brillantes y una seguridad que parecía imposible en un mundo donde la gente fingía no verla.

—¿Perdón? —susurró.

El desconocido, sin esperar respuesta, se arrodilló ahí mismo, entre turistas y vendedores. Sacó una cajita roja y la abrió. Un anillo destelló como burla bajo la última luz del atardecer.

—Sé que suena absurdo —dijo—. Pero necesito tu ayuda.

Alma dio un paso atrás.

—Levántese. Está… haciendo el ridículo.

—No estoy loco. Estoy desesperado.

Varias personas se detuvieron. Un niño jaló la manga de su mamá para señalar. Alma sintió el calor de las miradas, ese fuego que quema más que el hambre.

—¿Quién es usted? —preguntó, con la voz temblorosa.

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