— No eres fea. Solo necesitas arreglarte mejor… y casarte conmigo —

—Gael Navarro —respondió él, cerrando la caja con cuidado—. Y tengo veintitrés días para casarme o pierdo la empresa familiar.

Alma soltó una risa breve y seca.

—¿Y cree que la solución es… comprar una esposa de la calle?

Los ojos de Gael no se achicaron ni se ofendieron. Más bien, se endurecieron como aceptando un golpe que merecía.

—No es caridad —dijo—. Es un trato. Tú me ayudas, yo te ayudo.

Alma apretó los brazos contra el cuerpo. Su ropa estaba limpia solo a medias; su cabello, recogido con una liga estirada, parecía una confesión. Y aun así, dentro de ella existía esa parte que corregía ensayos con tinta roja y discutía metáforas como si fueran asuntos de vida o muerte.

—Explíquese.

Gael se levantó lentamente, sin invadir su espacio.

—Mi abuelo dejó una cláusula: si no estoy casado antes de los treinta y cinco, todo pasa a mi prima Renata. Y Renata… —su boca se tensó— no quiere la empresa para mantenerla, quiere venderla por partes.

—¿Y por qué yo?

Gael guardó el anillo, como si no quisiera usarlo para presionarla.

—Porque te he visto aquí varias semanas. No insultas, no suplicas. Incluso cuando te tratan mal, das las gracias. Tienes dignidad.

Esa palabra golpeó a Alma en el pecho como algo que dolía por ser cierto. Trató de apartar la mirada, pero ya era tarde: la emoción se le subió a los ojos.

—Usted no sabe nada de mí.

—Sé que no elegiste estar aquí —dijo Gael, con una certeza que la asustó—. Y sé que alguien te rompió la vida.

Alma tragó saliva, rabia mezclada con vergüenza.

—El matrimonio no es un juego.

—Sería solo en papel. Seis meses. Sin intimidad, si eso quieres. Te doy quinientos mil pesos mexicanos. La mitad ahora. La otra mitad al final. Y… —hizo una pausa— me ayudas a convencer a mi abuelo de que esto es real.

Quinientos mil. La cifra se le metió en la cabeza como un martillo. Con eso podría pagar un abogado decente, comer sin miedo, volver a rentar un cuarto. Podría pelear. Podría, por fin, dejar de ser un rumor sucio.

—Tengo condiciones —dijo, oyéndose a sí misma con sorpresa.

Gael asintió.

—Dílas.

—Cuartos separados. Nada físico. Y cuando esto acabe… me ayudas a limpiar mi nombre.

Gael la miró como quien acaba de confirmar algo.

—¿Qué te hicieron?

Alma dudó, porque decirlo era abrir la herida.

—Me acusaron de plagio. Fue mentira. Me destruyeron.

Los ojos de Gael dejaron ver un instante algo más profundo que la urgencia: una furia silenciosa.

—Acepto —dijo—. Jueves, siete de la noche. Si vas, empezamos. Si no, no te buscaré.

Le extendió una tarjeta. Papel grueso, letras doradas, una dirección en Puerta de Hierro, Guadalajara. Antes de irse, añadió sin voltear:

—Hay un albergue a dos cuadras. Dan cena antes de las ocho. Ve.

Esa noche Alma durmió en la banca, pero ya no era la misma. El miedo seguía ahí, sí, como una rata que no se va. Pero entre el miedo se coló una chispa: la idea peligrosa de que el destino podía cambiar en dos días….

El jueves, a las seis cincuenta y ocho, Alma tocó el interfón con el dedo tembloroso.

—Buenas noches —respondió una mujer—. ¿Quién es?

—Alma Ríos. Gael… me esperaba.

El portón se abrió. Un jardín impecable la recibió como si fuera un mundo ajeno. La gobernanta, Doña Beatriz, la guió sin sonreír.

—El señor Gael está en la sala.

Gael se levantó al verla. No hizo preguntas sobre su pasado inmediato. Solo dijo:

—Gracias por venir.

Esa noche firmaron un contrato sencillo. Al día siguiente, él le depositó la primera mitad y la llevó a comprar ropa. Alma quiso rechazar cada vestido, cada zapato, por culpa. Gael insistió con paciencia:

—No te estoy cambiando —dijo—. Solo te estoy devolviendo herramientas.

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