El lunes, Renata llegó con el estómago hecho nudo, esperando que la frialdad volviera. Eduardo la recibió igual de serio, pero con una carpeta de documentos en la mano.
—Hablé con médicos en Ciudad de México. Hay un tratamiento experimental: estimulación y terapia neurológica intensiva. No promete milagros, pero puede abrir una puerta. Cuesta… mucho.
Renata tragó saliva.
—Yo conozco ese tratamiento. Son casi novecientos mil pesos en seis meses.
—Yo lo voy a pagar —dijo Eduardo.
El papel se le resbaló de las manos.
—No… no puedo aceptar eso. Es demasiado.
Eduardo se acercó y le sostuvo los hombros.
—No quiero que me pagues. Quiero que tengas esperanza. Y que Mateo tenga una oportunidad.
Renata se derrumbó. Lloró como quien por fin se permite aflojar el cuerpo después de años de aguantar. Y Eduardo la dejó llorar sin prisa.
—¿Por qué hace esto? —preguntó ella entre sollozos.
Eduardo tardó en contestar.
—Porque mi esposa murió de cáncer. Y yo tardé meses en aceptar un tratamiento experimental… por miedo, por dinero, por “no sé si vale la pena”. Cuando acepté… ya era tarde. Me arrepiento todos los días. No voy a dejar que tú vivas con ese “¿y si…?” para siempre.
Desde esa semana, la rutina cambió. Eduardo organizó traslados, consultas, terapias; ajustó horarios para que Renata pudiera viajar a CDMX. Incluso aumentó su sueldo para que no se ahogara en gastos.
Valeria notó todo. Un día, dibujó un sol enorme con flores y se lo dio a Renata.
—Dáselo a Mateo para que se ponga fuerte —dijo, seria, como si fuera un mandato.
Renata la abrazó tan fuerte que Eduardo tuvo que mirar al mar para no quebrarse.
Pero la tranquilidad no duró.
Patricia, la hermana de Eduardo, llegó una tarde sin avisar. Abogada, elegante, con esa mirada que corta.
—Eduardo, ¿estás loco? —le soltó en el despacho—. ¿Vas a gastar casi un millón de pesos en el hijo de una empleada?
—En el hijo de una madre que no ha dejado de luchar —respondió él.
—O en una manipuladora perfecta —dijo Patricia—. Lloran, cuentan tragedias… y tú, viudo y solo, pagas todo.
Eduardo sintió la rabia subir, pero también… una punzada. Patricia plantaba dudas como quien siembra espinas.
Esa misma noche, Eduardo se sintió miserable por lo que hizo: llamó al hospital para “confirmar” datos. No le dieron detalles, pero un médico terminó diciéndole lo suficiente: Renata era conocida ahí por su constancia, por no faltar, por negarse a recibir ayudas.
Eduardo volvió a casa odiándose por haber dudado.
Dos días después, Patricia regresó con un sobre.
—Ya que tú no investigas… yo sí. Mira.
Fotos. Renata entrando a una inmobiliaria. Renata hablando con un hombre de traje. Renata recibiendo papeles.
—Está buscando un departamento de tres millones de pesos —sentenció Patricia—. Con tu dinero.
El cuerpo de Eduardo se heló.
Esa tarde, cuando Renata volvió con Valeria de la escuela, Eduardo la esperaba en la sala con el sobre sobre la mesa.
—Renata… ¿estás comprando un departamento?
Renata se quedó inmóvil. El silencio fue un golpe.
—Respóndeme —pidió él, la voz rota—. ¿Usaste el dinero de Mateo para eso?
—¡No! —Renata negó con desesperación, lágrimas cayendo ya—. Ese dinero está intacto. Yo jamás… jamás tocaría algo así.
—Entonces, ¿de dónde?
Renata respiró temblando.
—De mi papá. Murió hace dos meses. Vendió su casita en Nayarit antes de empeorar y me dejó todo… —se limpió la cara—. No se lo dije porque usted ya estaba haciendo demasiado y yo… no quería que pensara que me estaba aprovechando. Solo quería un lugar mío… para que, si algún día Mateo despierta, tenga un cuarto de verdad.
Eduardo sintió que le ardía el pecho.
—Renata… yo…
—¿De verdad cree que yo le robaría? —la voz de Renata se volvió filo—. Yo pensé que usted me conocía. Pensé que había confianza.
Y salió. Corriendo, como aquella primera vez. Solo que ahora no era por prisa… era por dolor.
Esa noche Valeria preguntó, con los ojos gigantes:
—¿Por qué Renata lloró, papi?
Eduardo la abrazó, tragándose el llanto.
—Porque tu papá fue un tonto, mi amor. Un tonto.
Renata no volvió al día siguiente. Ni el otro. Eduardo la llamó diez veces. Nada.
Hasta que llegó el viernes.
Eduardo volvió al hospital y la encontró junto a Mateo, sosteniéndole la mano como si con eso lo sostuviera en la vida. Entró despacio.
—Renata… vine a pedirte perdón.
Ella no lo miró de inmediato.
—Usted no confía en nadie, Eduardo —dijo por fin, sin “señor”, como si ya no hubiera distancia que respetar—. Vive con miedo desde que su esposa murió. Lo entiendo… pero duele ser tratada como una oportunista.
Eduardo se sentó a su lado.
—Me equivoqué. Dejé que me metieran veneno en la cabeza. Yo… lo siento.
Renata respiró hondo.
—Yo no voy a volver a su casa.
Eduardo sintió que se le rompía algo.
—Valeria pregunta por ti todos los días. No entiende por qué desapareciste.
Renata cerró los ojos, aguantando el llanto.
—Yo también la extraño.
Eduardo tomó la mano de Renata, con cuidado, como quien pide permiso.
—Entonces no vuelvas como empleada. Vuelve como familia. Quiero que vivas con nosotros. Y cuando Mateo pueda salir… lo adaptamos todo. Un cuarto en planta baja, enfermería en casa, lo que haga falta. No quiero que cargues sola con esto.
Renata lo miró, incrédula.
—No puedo aceptar…
—Sí puedes —dijo Eduardo—. Porque no es caridad. Es amor. Y porque yo aprendí tarde que uno no se salva solo.
En ese momento, Renata sintió un apretón.
Se quedó congelada.
—¿Mateo…? —susurró.
Los dedos del niño se movieron. Una vez. Otra. Y apretaron, leve, la mano de su madre.
Renata se tapó la boca.
—Dios mío… —tembló—. Me escuchó.
Eduardo llamó a una enfermera. Llegaron médicos, revisaron monitores, miraron a Renata como si acabaran de ver un fantasma.
—Es una respuesta motora voluntaria —dijo uno, con la voz baja, casi reverente—. Es la primera en tres años y medio.
Renata se desplomó en el pecho de Eduardo, llorando, pero esta vez de esperanza. Y Eduardo, por primera vez en años, dejó que una palabra regresara a su vida:
milagro.