Ella tembló entera. Bajó la mirada al suelo, a cualquier parte menos a él.
—No… —dijo, ronca—. No hagas esto.
Leonardo parpadeó, intentando entender. Entonces miró a las niñas con atención.
Los mismos ojos oscuros. La misma forma del puente de la nariz. La misma arruguita entre las cejas cuando se confundían.
Y el mundo se le inclinó.
—¿Cuántos años tienen? —preguntó, y ni él mismo reconoció su voz.
Priscila apretó los labios. Sus dedos se clavaron en la tela como si quisieran desgarrarla.
—Ocho… —murmuró, tan bajo que casi se lo tragó el agua.
Ocho.
Leonardo sintió que algo se desmoronaba por dentro. Priscila había desaparecido hacía nueve años. Y ahí estaban: dos niñas de ocho años con su cara mirándolo desde el fondo de la pobreza.
No supo si quería gritar o llorar. Se llevó una mano a la rodilla para no perder el equilibrio.
—¿Por qué no me lo dijiste? —la pregunta le salió cargada de años—. ¿Por qué… por qué me hiciste esto?
Priscila cerró los ojos. Una lágrima rodó por su mejilla sucia, dejando un surco limpio.
—Porque… no podía —respiró, como si cada palabra le costara—. Tenía miedo.
Leonardo tragó saliva. Vio las rodillas raspadas de una de las niñas, los pies descalzos, la blusa rosa deslavada. El pecho se le apretó con rabia… pero no rabia contra ella, sino contra la escena, contra el mundo, contra el tiempo perdido.
—Miedo de qué, Priscila. ¿De mí? —dijo, sin fuerza—. ¿De que yo… las abandonara?
Ella lo miró por fin. En sus ojos no había manipulación, ni cálculo. Había vergüenza vieja, cansancio, y un tipo de dolor que se aprende en la calle.
—Tenía veintidós. No tenía familia, Leo. No tenía nada. Y tú estabas empezando… estabas construyendo todo. Yo te veía sin dormir, apostando lo que tenías. Y cuando supe que venían dos… me entró pánico. Pensé que iba a ser el peso que te arrastrara.
—¿Y decidiste por mí? —la voz de Leonardo se quebró—. Me quitaste nueve años… nueve, Priscila. Me quitaste a mis hijas.
Las niñas los miraban como si escucharan una tormenta en un idioma desconocido. La más atrevida tenía el cabello ligeramente ondulado; la otra, lacio y oscuro, se escondía más.
Priscila apretó a las pequeñas.
—Trabajé… de verdad lo intenté —dijo, y su voz empezó a temblar más—. Hice limpieza, lavé platos, lo que fuera. Dormía tres horas. Pero cuando la panza creció me corrían. Y cuando nacieron… fue peor. No tenía con quién dejarlas. Perdí los empleos. Perdí el cuarto. El casero nos sacó… tiró nuestras cosas a la calle.
Leonardo cerró los ojos un segundo. Sintió ganas de arrancarle al mundo la garganta.
—¿Cuánto tiempo…? —preguntó, con una urgencia oscura—. ¿Cuánto tiempo han vivido así?
—Tres años —respondió ella.
Tres años bajo puentes, en calles, en esquinas. Tres años de hambre, frío y miedo.
Leonardo sintió una punzada de culpa tan intensa que casi le dio náuseas. Él, viajando, cenando en restaurantes, hablando de expansión, mientras sus hijas aprendían a no llorar para no llamar la atención.
—¿Cómo te atreviste a no buscarme cuando ya… cuando ya no podías? —susurró.
Priscila levantó la barbilla con una dignidad rota.
—Pensé que habías seguido con tu vida. Y… —tragó— pensé que si aparecía, ibas a creer que era por tu dinero. Que estaba usando a las niñas.
Leonardo la miró como si esa idea lo hubiera abofeteado.
—Yo te busqué —dijo—. Te busqué como un loco. Contraté gente. Pagué detectives. Fui a tu colonia, a tus trabajos… a todos lados. Pero… desapareciste.
Priscila se quedó quieta, como si esa frase no cupiera en su mundo.
—¿Me… buscaste?
—Claro que sí.
Hubo un silencio que pesó como cemento.
Y entonces, algo pequeño rompió la tensión: la niña de cabello ondulado levantó la cara y, con una voz que no era capricho sino supervivencia, dijo:
—Mamá… tengo hambre.
Priscila se quedó helada. En su rostro pasó un dolor conocido, el de no poder cumplir lo más básico.
—Ahorita vemos, mi amor…
Leonardo se puso de pie como si una decisión lo hubiera empujado desde adentro.
—Ya estuvo. —Su voz fue firme, definitiva—. Esto se acaba hoy.
Priscila lo miró con miedo renovado.
—Leonardo, no…
—No van a dormir otra noche en la calle —dijo, señalando el cartón mojado, la olla oxidada, la botella medio vacía—. No otra. Ni ustedes ni ellas.
—No tienes que… —Priscila intentó retroceder con las niñas—. Tú tienes tu vida, tu empresa…
Leonardo se agachó, a la altura de las pequeñas, sin invadirlas.
—Escúchame, Priscila. —Respiró hondo—. Ellas son mis hijas. Y aunque no las conozca, aunque me duela que no me conozcan… no voy a permitir esto.
La niña tímida lo miraba de reojo, lista para huir.
—¿Cómo se llaman? —preguntó él, buscando empezar por lo humano.
Priscila dudó, como si revelar esos nombres la expusiera más.