Cristina también lo confirmó, con voz firme y sin amargura.
Todo parecía sencillo.
Limpio.
Hasta que habló su abogado.
“Antes de firmar”, dijo, “necesitamos revisar ciertos asuntos financieros”.
Damian frunció el ceño.
Esto no formaba parte del plan.
El abogado abrió una carpeta.
“La empresa Reformas Hurtado SL fue financiada íntegramente por Cristina Montalvo.”
Silencio.
Silencio absoluto.
Ruth se quedó paralizada.
Damian parpadeó, confundido.
—Eso es imposible —protestó su abogado—. Él es el dueño.
—No —respondió con calma el abogado de Cristina—. Él lo administra. Ella es la dueña.
La verdad se instaló como un peso en la habitación.
Cristina los observaba en silencio.
Sin ira.
Sin dramas.
Simplemente claridad.
—¿Te acuerdas —dijo ella en voz baja— de cuando tu negocio fracasó… y usé mi herencia para ayudarte a empezar de nuevo?
El rostro de Damian cambió.
Me di cuenta.
Él había construido su vida…
en su fundación.
Y nunca lo supo.
Ruth se puso de pie bruscamente.
“¡Esto es una trampa!”
El juez la hizo callar.
Pero el daño ya estaba hecho.
La ilusión se hizo añicos.
Cristina se acercó a Damián.
—Esto no es venganza —susurró—. Es justicia.
No por ella misma.
Por su hijo.
VER PÁGINA SIGUIENTE