Un millonario desconfiado siguió a la niñera hasta el hospital… y lo que descubrió allí le rompió el corazón.
Eran las diez de la noche de un viernes cuando Eduardo Montiel apagó el motor de su camioneta importada frente al Hospital General de Puerto Vallarta. El aire olía a sal y a desinfectante, una mezcla extraña que le raspó la garganta. Desde el parabrisas vio a Renata Salas cruzar la entrada principal con una mochila vieja colgada de un hombro, caminando rápido, como si el tiempo la persiguiera.
Eduardo apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Qué haces aquí cada semana, Renata? —murmuró, más para él que para el mundo.
Había jurado no volver a confiar tan fácil. Después de la muerte de su esposa, el dolor le había dejado dos cosas: una casa enorme frente al mar que se sentía vacía… y una desconfianza que se le metía en la sangre como veneno. Ya habían pasado por su casa varias cuidadoras: algunas se iban sin avisar, otras “perdían” cosas, otras se rendían con Valeria, su hija de seis años, que desde el funeral parecía vivir detrás de una puerta cerrada.
Renata era distinta. Demasiado distinta.
Y ese “me tengo que ir temprano los viernes” se volvió una piedra en el estómago.
Eduardo respiró hondo, bajó del coche y siguió el mismo camino que ella.
Tres meses antes, Renata se levantaba a las cinco de la mañana en un cuartito rentado en una colonia a las afueras, donde las paredes sudaban calor y humedad. Se amarraba el cabello, preparaba café soluble, guardaba un par de sándwiches en una bolsa… y antes de salir miraba una foto doblada en su cartera: un niño con sonrisa chueca y ojos vivos, abrazando un carrito de juguete.
—Aguanta, mi amor —susurraba, como si el papel pudiera escuchar.
Tomaba dos camiones para llegar a la zona exclusiva de Nuevo Vallarta, donde la mansión de Eduardo Montiel parecía sacada de una revista: tres pisos, ventanales enormes, alberca, jardín y el mar rompiendo como una canción constante. Renata tragó saliva la primera vez que tocó el timbre; había trabajado de niñera años, pero esas casas siempre venían con reglas invisibles y miradas que pesaban.
Eduardo abrió la puerta. Treinta y ocho años, canas en las sienes, ojos cansados de hombre que duerme con la culpa.
—¿Puntual? —dijo sin sonreír.
—Siempre, señor Montiel.
—Valeria está arriba. Es… complicada desde que su mamá murió. No se encariña con nadie.
Renata subió y la encontró sentada en el piso, rodeada de muñecas sin jugar. Dos trencitas mal hechas, mirada apagada.
—Hola, Valeria. Soy Renata.
La niña no respondió. Ni la miró.